La astronomía mesopotámica

La comprensión de la Historia del ser humano está enlazada, en numerosas ocasiones, con la de la Astronomía, actividad desarrollada por éste al menos desde que comenzara a realizar tareas sedentarias de autosostenibilidad como la agricultura. Sin embargo, durante la Prehistoria no podemos hablar de civilizaciones en el sentido estricto de la palabra: más bien de colectivos más o menos numerosos (tribus) que interaccionaban entre ellos por la satisfacción de intereses comunes determinados, entre los cuales se encontraba la alimentación. Es con el nacimiento de la Antigua Mesopotamia y Egipto cuando se establecieron las primeras civilizaciones humanas conocidas y, por tanto, la Astronomía empezó a tener un auge más representativo. De Mesopotamia y su actividad astronómica han llegado hasta nuestros días ingenios tan trascendentes en la cotidianidad como el sistema aritmético sexagesimal y el calendario, además de una meticulosa descripción de objetos y agrupaciones celestes, tales como las constelaciones. Una vez más, queda subrayada la relación directa existente entre la Astronomía, el ser humano y la organización de su vida.

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Contexto histórico. Antecedentes

Para situarnos en el tiempo, a continuación se indica una serie de eventos cronológicos importantes (los años son aproximados):

– 3000-1800 a.C.- levantamiento de estructuras megalíticas: Stonehenge (Gran Breta- ña) y Newgrange (Irlanda). ¿Primeros vestigios astrométricos?

– 2850 a.C.- comienzo de la I dinastía en Egipto

– 2800 a.C.- comienzo de las primeras dinastías en Mesopotamia

– 2500 a.C.- comienzo de la Astronomía en Mesopotamia y Egipto

– 2000 a.C.- comienzo de la Astronomía en China

– 1728-1686 a.C.- reinado de Hammurabi en Babilonia

– 800 a.C.- Edad del Hierro en Europa

– 750 a.C.- fundación de Roma

Las primeras escrituras de las que disponemos parecen pertenecer al final del cuarto milenio antes de Cristo, y la historia escrita ya entrado el tercer milenio: en Oriente Medio, entre las orillas de los ríos Eufrates y Tigris, surge Mesopotamia (“tierra entre ríos”), que ocupaba lo 1 que hoy constituyen las zonas no desérticas de Irak. Al sur, en la costa del Golfo Pérsico, empieza a desarrollarse la civilización sumeria, la primera de la que se tiene constancia, en la cual la actividad productiva la llevaban a cabo los labradores y recolectores, los pastores y los pescadores. A la vez que estas, aparecen otras actividades indirectamente productivas: carpinteros, alfareros, canteros y otros ejercían sus oficios como servicio a los políticos y sacerdotes, que gobernaban autoritariamente. De esto último se deriva el sometimiento de las clases dominantes y las consecuentes guerras y esclavitud, produciéndose el desarrollo técnico y artístico exigidos por estas clases. Empiezan a formarse ciudades gobernadas por un rey o lugal (“gran hombre”), rodeado éste por un séquito de políticos y sacerdotes. Hacia mitad del siglo XX a.C., los semitas del desierto del noreste invaden el sur, lo que conlleva a la desaparición del estado sumerio. Mesopotamia queda entonces formada por ciudades-estado (precedentes a reinos e imperios) de las cuales la más notable y floreciente es Babilonia, a 110 km al sur de la actual Bagdad. Es aquí donde aparecen los primeros técnicos sistemáticos o astrónomos, quienes inician el desarrollo de esta Ciencia, si bien con motivaciones e ideas astrológicas.

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Astronomía Mesopotámica: logros

Los técnicos babilonios no contemplaban el concepto de “universo racional”, sino que éste se comportaba satisfaciendo los caprichos de los dioses. No obstante, eran meticulosas y realizaron precisas observaciones del cielo, las cuales anotaban sistemáticamente. Esto permitía a los dirigentes políticos organizar la sociedad y su evolución tanto política como temporalmente. En relación a lo primero, la seguridad del trono/estado dependía de la correcta lectura de los presagios, incluidos los vistos en el cielo, cuyo conocimiento permitía además la ejecución del ritual apropiado. En relación a lo segundo, surge una de las primeras nociones de lo que llamamos calendario actual, sustentado en el movimiento de los astros y la percepción humana del día y basado en el sistema numérico sexagesimal. – El sistema sexagesimal babilonio: los babilonios desarrollan hacia el 2000 a.C. una singular técnica de notación aritmética, que supone el fundamento de notables resultados astronómicos. Sobre tablillas de arcilla blanda, el escriba apoyaba el estilo de canto para representar el número “1” y de plano para el número “0”. Repitiendo el proceso tantas veces como fueran requeridas, podía escribir los números del “1” al “59”. Para el 60 volvía a utilizar el símbolo del “1” y análogamente para “60 60″, “60 60 60″, etc., de manera similar a lo que hacemos noso- 2 tros para escribir las decenas. Queda definido entonces un sistema numérico que emplea como base el número 60, que reemplaza al 10 del sistema decimal. Es muy eficaz, preciso y versátil debido a que facilita el cálculo y evita gran cantidad de fracciones al ser 60 divisible por 2, 3, 4, 5, 6, 10, 12, 15, 20 y 30. Aún en nuestros días es usado cotidianamente como base estándar de la medición del tiempo (horas, minutos y segundos) y los ángulos (grados sexagesimales).

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Cabe destacar la relación directa que existe entre la duración en días del año solar (365) y el estudio trigonométrico babilonio del círculo: era un círculo lo que parecía describir el Sol a lo largo de la esfera celeste entre el comienzo de un año y el comienzo del siguiente, en otras palabras: entre el punto de partida y regreso del Sol al mismo. Quizá eso fue un motivante más para el desarrollo del sistema numérico descrito y de la división del círculo en 365º. – El calendario babilonio: la construcción de un calendario era y sigue siendo una ardua tarea, debido a que ni el mes lunar ni el año solar contienen un número exacto de días y porque tampoco hay un número exacto de meses en el año: el extraordinario batiburrillo actual de meses de diferente duración apunta a los problemas que plantea la naturaleza al creador de un calendario. A pesar de esto, los babilonios llegaron a obtener un calendario coherente, funcional y preciso, motivado su surgimiento por la necesidad, tanto práctica como divina, de conocer los periodos idóneos para sembrar y cosechar: al fin y al cabo, la mayor parte de la tierra cultivada pertenecía a los dioses, y una de las tareas de los sacerdotes era cuidarla. El calendario babilonio era lunar, lo que hacía que los meses tuvieran 29 ó 30 días, concordando con la duración del ciclo de fases de la Luna, y cuatro semanas, concordando a su vez con las cuatro fases de nuestro satélite. La duración de los meses no estaba sin embargo distribuida uniformemente a lo largo del año, sino que era dependiente de informes deducidos de observaciones. No obstante, el ciclo se repite cada 12 meses, por lo que se dio esta duración al año. En el siglo V a.C., tras siete siglos de medir los movimientos del Sol, la Luna y los planetas conocidos, los babilonios constataron que los años se acortaban, haciendo necesario un ajuste de la duración del año: cada cierto tiempo, añadían un mes, lo que hacía que tuvieran ocasionalmente años de 13 meses. Por su parte, para ajustar los meses respecto a las semanas, colocaron uno o dos días de fiesta al final del mes, además de dividir el día en dos grupos de doce horas cada uno. Cada ciudad ponía sus nombres a los meses hasta que Hammurabi, sexto rey de Babilonia, fijó hacia el 1692 a.C. los nombres para toda Mesopotamia, que aún perduran en el calendario judío.

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Logros astronómicos

Poco después del 900 a.C., los escribas comienzan a llevar un registro sistemático de los fenómenos astronómicos y meteorológicos observados con el fin de refinar sus propósitos. De estos registros, dedujeron la existencia de ciclos en los movimientos del Sol, la Luna y los planetas. Estos ciclos, valga la redundancia, fueron la base para la elaboración del calendario. Con ayuda de la notación sexagesimal, se desarrollaron técnicas aritméticas para la utilización de los ciclos en la predicción de posiciones celestes. Por ejemplo, el movimiento del Sol respecto al fondo estelar parece acelerar durante una mitad del año y desacelerar durante la otra mitad. Para aproximar este movimiento, los babilonios idearon dos técnicas: suponer que el Sol tiene una velocidad uniforme durante medio año y otra velocidad uniforme durante la otra mitad, o bien suponer un aumento constante de la velocidad durante medio año y una disminución constante de la misma durante la otra mitad. Estas aproximaciones, a pesar de ser artificiales, eran funcionales. En la biblioteca de Asurbanipal, en Nínive (Asiria), se encontraron en el siglo XIX los Enuma Anu Enlil, setenta tablillas de cerámica, de escritura cuneiforme, con más de 7 000 observaciones celestes realizadas durante casi 700 años. Estas observaciones documentadas contienen salidas de estrellas, conjunciones planetarias, velocidades aparentes de planetas, etcétera, pudiéndose quizá destacar la más antigua documentación de un eclipse de la que se tiene constancia (solar, 15 de junio del 763 a.C.). Progresivamente, llegaron a la noción del zodiaco, obteniendo una descripción bastante precisa del mismo hacia el 538 a.C. Todo tenía objetivos prácticos, pues la Astronomía estaba muy enlazada con la astrología y puesta al servicio oficial de los estados para la predicción de eventos.

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Muestra de los Enuma Anu Enlil

Sin duda, el papel de los astrónomos/astrólogos babilonios, técnicos que gozaron de gran prestigio, es fundamental tanto en el desarrollo de la Astronomía como en la organización del día a día humano actual.

Autor: Joel Núñez Fernández

 

 

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